Mi viejo Mac
Autor: Manuel Navarro - 6 Abril, 2009
Como muchos de ustedes sabrán, uno, aparte de dedicarse a escribir esta columna, se dedica también a otras cosas. Una de tantas es la de editar –es decir, corregir, ajustar, etc.– otras revistas. Y hoy, aparte de zambullirme en esta sección, ando en esa “grata” labor de la edición. Para escribir utilizo un PC o un portátil. Para editar, un Mac. No es un Mac cualquiera. Se trata de un Power Macintosh G3 de hace la friolera de 10 años. Para que vean que se trata de una auténtica reliquia de la tecnología, les diré que, entre otras cosas, incorpora una unidad lectora de discos ZIP y un disco duro de, nada más y nada menos, ¡cuatro gigas! Evidentemente, tengo problemas de espacio, que soluciono con un disco duro externo. Tampoco puedo grabar CDs, por lo que cuento con una grabadora también externa (que sólo graba CDs), y que trabaja a una velocidad de 4x. Esto es quizá una de las cosas que más me molesta, pero ahora, gracias a las llaves de memoria, tampoco supone un problema, y lo más seguro es que un día de estos acabe por quitarla de los acompañantes que rodean a mi viejo Mac.
Seguro que muchas de las empresas de tecnología achacan a mi equipo poca productividad, pudiendo lograr mucha más rápidez con uno de los potentes modelos actuales de Apple. Sin embargo, les diré que se trata del único ordenador –y he tenido unos cuantos en mi vida– que no me ha ocasionado ningún problema en estos diez años. Ni una llamada al técnico. Claro, cuando compré el Mac, el servicio técnico no era uno de los puntos fuertes de las empresas y no se le daba la más mínima importancia. Ahora, cualquier equipo no dura más de cinco años sin pasar por el servicio técnico. Y lo mejor de todo es que damos por hecho que la máquina se tenga que estropear transcurridos unos años. Así que, sí, seré menos productivo, pero la relación calidad/precio que ofrece mi añejo Mac seguro que no la tiene ningún equipo actual.
Manuel Navarro
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